lunes, 27 de marzo de 2017

“Me perdonaron la vida en China, pero me van a dejar morir acá”



Por los pasillos de las oficinas de la cárcel Villa Hermosa de Cali se paseaban guardias de aquí para allá. Los funcionarios hablaban de cualquier cosa, se reían de los nuevos reclusos y yo solo podía pensar si es que eran crueles o si la experiencia y el tiempo los había hecho tomar su trabajo con frialdad.
El clima estaba cálido pero para ese momento parecía que la temperatura aumentaba cada segundo, a la espera de la llegada de Harold Carrillo, el primer repatriado de China a Colombia. De pronto, se asomó medio cuerpo de un hombre de aproximadamente 1,65 cm. de estatura, algo canoso, tez blanca y camisa a cuadros rojos y blancos escoltado por un guardia. Estaba frente a un hombre que había sido condenado a muerte y que había luchado por sobrevivir ante las adversidades que la vida le ponía en su camino, no estaba frente a un asesino en serie o a un psicópata.
Quería comenzar por conocer su niñez. Una frase, para este caso, me perseguía: “cría al niño para que no tengas que castigar al hombre”.
La niñez de Carrillo se dio entre tumbos. Estuvo con su madre solo hasta los 7 años, luego se fue a vivir con la abuela, hasta que murió en 1986. Luego  Harold se vio obligado a tomar las riendas de su vida y a salir de su casa para trabajar y cubrir sus necesidades. “Mi niñez fue poco normal –dice Harold-, porque mi papá nunca vivió con nosotros”.
Dentro de sus labores administró una bodega de frutas, trabajó con los supermercados Mercafé de Cali, estuvo como proveedor de verduras de las cafeterías y casinos de los JJ Gómez en la misma ciudad y otra cantidad de lugares en los que adquirió diferentes experiencias. Hasta que finalmente, en el año 1994, se metió de taxista.
Recuerda cómo una parte alegre de su niñez la vida con su abuela, porque gracias a ella estudió. Cursó la primaria pero fue muy difícil entrar a bachillerato porque su padre no lo había reconocido y no tenía registro civil en ninguna notaria.
Su abuela se puso a la tarea de buscar al hombre que lo engendró y en 1979 logró encontrarlo, en el aeropuerto de Cali como controlador aéreo. Harold recibió el apellido de y pudo ingresar al colegio después de un año perdido. Alcanzó a cursar primero y segundo bachillerato hasta que su abuela murió y con ella la oportunidad de continuar.
A pesar de lo que tuvo que vivir en su infancia fue un hombre responsable, conformó un hogar junto a Luz Farid Celis, con quien lleva 27 años de unión marital. Luego nacieron sus hijos: Michael y Diana.  “Llevaba un hogar muy bonito, muy agradable, siempre estuve pendiente de mis hijos y de su estudio, ellos salieron unos niños muy honestos”, dijo Harold con un rostro de satisfacción.

Conducir taxi parecía un buen trabajo, daba buenos frutos, los necesarios para sobrevivir. Hasta que el destino apareció con una propuesta que le cambió su vida para siempre. 

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